"Si por divertirme me convirtiera en una flor de champa... Si creciera allí arriba, en una rama de este árbol, y sacudido por el viento sintiera deseos de reír y bailara en las hojas tiernas, ¿me reconocerías, madrecita?
Me llamarías: "Niño, ¿dónde estás?" Y yo reiría en silencio sin moverme.
Entreabriría mis pétalos y te espiaría mientras trabajaras.
Despúes de tu baño, con los cabellos todavía mojados, desparramados sobre tus hombros, cruzarías bajo la sombra del campa para ir al pequeño patio donde dices tus oraciones, y allí sentirías el aroma de la flor, pero no sabrías que salía de mí.
Después de la comida del medio día, cuando estuvieras sentada a la ventana leyendo el Ramayana y la sombra del árbol cayera sobre tus cabellos y tu regazo, yo proyectaría mi minúscula silueta de flor sobre la página del libro, exactamente en el lugar en que estuvieres leyendo.
Pero ¿adivinarías tú que era la pequeña sombra de tu hijito?
Al anochecer, cuando fueras al establo de las vacas con la lámpara encendida, yo me dejaría caer de pronto al suelo, y convertido otra vez en tu niño, te pediría que me contaras un cuento.
Y esto sería lo que nos diríamos:
- ¿Dónde te habías metido, picarón?
- Es un secreto, madre."
Lo anterior es uno de los poemas en "La Luna Nueva", Rabindranath Tagore.
***
Perdí mi diario hace unos días. Nunca me había preocupado mucho de la pérdida de este, (ya en una ocasión anterior lo perdí en una universidad). Gracias a Bemba desde hace mucho tiempo no gasto mayor tiempo en escribir sobre otros o sobre actos de otros sino sobre sus impresiones en mí (y las cosas que suceden en el día, entre muchas otras y ninguna).
Esta vez lo perdí en un colegio en el que trabajo y me di cuenta que esta vez me importaba un poco el hecho de que tal vez algún alumno "inescrupuloso" lo encuentre y decida hacerlo público (al estilo de las humillaciones en las películas norteamericanas).
Cuando lo perdí en la universidad me dije lo peor que podía pasar es que alguien llegue a encontrar algo que le parezca sumamente interesante (¿cómo podría no serlo? el día a día de cada uno, la rutina, las variaciones que aparecen en esta, fastidios simples reconocidos en una voz anónima, el hecho de que uno escriba más de una cosa que sobre otra, intentos de poesía suelta, frases anotadas, dibujos, notas, correcciones en lo escrito, la manera en que se cuentan los hechos vividos, impresiones que producen personas, etc...).
Esta vez me preocupó porque se perdió en un medio en el que mucha gente me conoce, y en el que tendría importancia (superficial pero con un eco enorme) en una colectividad de alumnos a los que no puedo imaginar menos que interesados por las impresiones de un conocido, mayor que ellos, sobre las cosas que le rodean, es casi un axioma para mí que eso sucedería (en el caso del alumno inescrupuloso y con deseos de llamar la atención).
Me hizo pensar en el valor de nuestras impresiones más personales. Para uno es lo más normal compartirlas o no, pero cuando llegan al otro tal como uno las recibe o las piensa las cosas aumentan de tamaño, llega la incertidumbre de los pensamientos de otro sobre mis pensamientos más personales.
En todo caso, extrañamente tranquilo, lo peor que podrían encontrar son las anotaciones de razgos físicos o de trato de personas que aunque sea levemente hayan detenido mi atención en ellas, incertidumbres, alegrías, fracasos, anhelos, contradicciones. Y claro el hecho de que el día que quiera releer las primeras páginas de lo escrito (mientras hago cola en algún lugar o viajo), y mi evolución de un estado a otro, ya no lo tendré a la mano... así es el fútbol.